domingo, 18 de mayo de 2014

APRENDIENDO A AMAR



-Maestro, por favor, enséñeme a amar.
-Acércate y ponte cómodo. Te contaré una historia.

En cierta ocasión, en la corte del rey, con motivo del cincuenta cumpleaños de su majestad, llegaron a palacio un sin fin de comensales con los mejores regalos que un hombre pudiera imaginar. Bien sabido era por todos que al rey le gustaba recibir buenos regalos por el día de su cumpleaños, así que, por la cuenta que les traía, ninguno de los invitados escatimaba a la hora de agradar la vanidad de su rey si querían seguir conservando la cabeza entre sus hombros; ninguno salvo uno. Pues cuenta la historia que cuando llegó ante el rey el ultimo de los invitados al festín éste apareció aparentemente sin ningún regalo para el rey.

- ¿Y qué regalo me traéis que no lo veo ante mi?

-Majestad - dijo el hombrecillo, pues era más bien pequeño - yo os traigo amor. Ese es mi gran regalo.

-¡Cómo!-exclamó furioso- me tomáis el pelo?

-No, Majestad; es la verdad. Os traigo el mejor regalo que nadie jamás os haya podido hacer.

-¿Y dónde está?, yo no veo ninguna mujer.

-No son mujeres lo que os traigo Majestad, sino amor.

-¿Y cuál es la diferencia?

-La diferencia está en...

-¡Cortadle la cabeza!, ya he escuchado bastante; - le interrumpió el rey enojado-ese amor que me traéis no me sirve para nada.

-Lo dudo Majestad -replicó el hombrecillo.

-¡Cómo decís!

-¿Alguna vez habéis perdonado?-preguntó el hombrecillo

-¿Y para qué quiero yo perdonar a alguien?

-No podéis, no sabéis hacerlo; no tenéis amor para hacerlo. Ahora mismo habéis ordenado mi ejecución, vais a quitarme la vida, algo que podéis hacer y que puede hacer cualquiera; pero, ¿habéis probado a perdonar la vida a alguien?, no, nunca; porque no sabéis.

-¡Cortadle la cabeza! ¡Ya!-Gritó enfurecido el rey.

-Lo fácil no requiere esfuerzo Majestad, lo difícil es hacer lo que requiere el valor y la tenacidad de esforzarse. Cortadme la cabeza pues. Eso es lo fácil, Majestad.

Y tras unos segundos de silencio...

- ¡Esperad!- gritó de nuevo el rey- está bien. Decidme, ¿qué más puede hacer ése amor que decís además de perdonar?

-Os dará la inmortalidad.

-¿La inmortalidad? Ja,ja,ja. - rió el rey - Deliráis. ¿Y cómo?

-Amando.

Tras un silencio aún más largo que el primero...

-De acuerdo. Tenéis una semana - replicó el rey.

-Una semana es poco tiempo para enseñar a amar a una persona; normalmente se tarda más de una vida.

-¿Queréis vivir? - el hombrecillo asintió con la cabeza- entonces tenéis una semana.

Durante una semana el hombrecillo siguió a su rey a todas partes esperando la oportunidad para poder mostrarle el regalo que le había hecho. Pero fue inútil. El egoísmo del monarca era infranqueable, hasta que en el séptimo día una grave enfermedad se apoderó de uno de los hijos del rey. El vástago yacía sobre su cama sin remedio alguno para su dolor y su agonía; y mientras se debatía entre la vida y la muerte, el rey mandó llamar al hombrecillo.

-Hombrecillo, aún no me has demostrado los poderes de tu amor, de mi regalo; y esta noche se te acaba el tiempo que te di. Dime una cosa, ¿podría tu amor curar la enfermedad de mi hijo? Salvarías tu vida y la de él.

-Sin duda que podría. Pero no es mi amor el que necesita vuestro hijo, sino el vuestro.

-¡El mío!; pero vos habéis dicho que yo no tengo.

-Ahora es el momento de hacer uso del regalo que os traje. Sí lo tenéis. Sólo dejad que salga fuera. Dejad que se exprese.

-¡Si me estáis tomando el pelo...!

-Majestad - interrumpió el hombrecillo - confiad en mi.

-Está bien. ¿Qué tengo que hacer?

-Amarlo.

-¡¡¡Qué!!!

-Que lo améis. Amad a vuestro hijo.

-Pero!..., ¿y cómo se hace eso?

-Poneos en su piel.

-¡Queréis que le arranque la piel a mi propio hijo!

-No. Quiero que sintáis lo que él siente.

-¿Y cómo lo hago? - preguntó gruñendo el rey.

-Abriendo vuestro corazón.

-Hombrecillo...,

-Abrid vuestro corazón, Majestad.

El rey cogió el cuchillo.

-Sin el cuchillo, Majestad.

-Entonces. ¿cómo?

-A través de vuestra sensibilidad.

-¿Qué es la sensibilidad? - preguntó el rey.

-La facultad de sentir más allá de la capacidad que tienen vuestro cinco sentidos. Sentid como sufre. Sentid su dolor. Sentid como la vida se le va. Pero también sentid como se agarra a la vida. Sentid por él y con él. Sed todo sentimiento. Entonces él os sentirá.

-¿Y eso es amor?- preguntó sorprendido el rey.

-En parte sí, Majestad.

-¿Y con eso se curará?

-Si él os siente, y siente que le amáis; entonces luchará por vivir.

-¿Y vivirá?

-Eso depende de la oferta de amor que le hagáis

-¿Y cuánto amor tengo que darle para que decida luchar por vivir?

-Todo; tenéis que dárselo todo.

-Pero entonces me quedare sin nada yo.

-Al revés, Majestad; en el amor, cuanto más deis más os llenareis de más amor. No es como vuestras posesiones que si las regaláis las perdéis, no. Esto no funciona así.

-¿Y lo de la inmortalidad?

-La inmortalidad sólo la alcanzaréis cuando seáis todo amor.

-¿Y cuando llegare a ser todo amor?

-Cuando no tengáis otro deseo que ocupe vuestro corazón más que el de amar.

-¿Y las guerras?, tengo unas guerras que atender; debo luchar contra mis enemigos.

-Majestad, son vuestros enemigos porque no les amáis.

-Y decidme; ¿vos podéis amar a vuestros enemigos?-preguntó el rey.

-No puedo amar a mis enemigos porque no tengo enemigos.

-Me pedís demasiado, hombrecillo.

-Eso es porque no estáis acostumbrado a dar, Majestad. Dejad de hablar y salvad a vuestro hijo.

El rey permaneció durante tres días junto a su hijo encerrado en los aposentos de éste sin comer ni dormir; cuidando de su primogénito día y noche sin descanso como le había indicado que hiciera el hombrecillo. Al cuarto día el rey se desplomó ante la cama de su hijo. El oficial de la corte que vigilaba en sigilo todos los movimientos del rey, al ver la escena se acercó rápidamente a auxiliar a su majestad. Al ver que éste no respondía a sus esfuerzos por reanimarle hizo llamar al médico.

-Están muertos - constató el médico.

-Y entonces, Maestro; si en la historia muere el rey, ¿qué sentido tiene esta historia?

-Espera a que acabe de contarla. Verás...

Cuando el rey murió, él pensaba que seguía vivo.

-Hombrecillo

-Si, Majestad.

-He curado a mi hijo - dijo el rey mostrando orgulloso a su hijo.

-Lo sé Majestad.

-Ahora bien, he perdido mi reino. Pues no veo a nadie de mi séquito por aquí. ¿Me puedes decir qué ha pasado?

-Que ha alcanzado la inmortalidad, Majestad.

El rey miró a un lado y a otro, luego se miró así mismo a través del espejo de su corazón, y descubrió que aquel reino en el que estaba era el reino de los cielos.

-Hombrecillo, has cumplido tu promesa - dijo el rey - soy inmortal.

-Siempre lo fue Majestad; siempre lo fue.

Recupera tu inmortalidad siendo de nuevo todo amor.

Rafael Santamaria

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